Es increíble la capacidad de revivir escenarios en nuestra mente.
En este momento estoy sentado frente a un teclado, escuchando a Lluís Llach y recordando a un amigo. A un antiguo amigo con quién he podido comprobar hasta qué punto se puede ser injusto y cruel. Y con ello vivo.
En este entorno, de repente he empezado a notar un fuerte aroma a maderas y resinas que habían desaparecido de mi registro olfativo hace más de veinte años; los mismos que no comparto con Domingo esas febriles horas nocturnas de conversación (o psicoanálisis) en una habitación imborrable de mi memoria en la residencia universitaria Alberto Colao de Cartagena, dando cuenta de una botella de Torres que, no se sabe por qué extrañas artes, siempre terminaba sumándose a nuestra junta.
Los aromas. Nada en el mundo más evocador.
La tristeza de saberse injusto. De haber desperdiciado la oportunidad de seguir aprendiendo de una persona de excepción, de crecer con su amistad. Nada más amargo.
Domingo es, por orden de importancia en su currículo, al menos en la época a la que me remonto, buena gente, poeta, adicto a las oscuridades de la noche, descifrador de las oscuridades del alma, filósofo, profesor universitario y sacerdote sin parroquia (al menos de las habituales).
Tras la reseña biográfica quiero continuar con la evocación. Hablaba del aroma recordado que presidía nuestros encuentros nocturnos que empezaban cuando él tocaba a mi puerta armado con dos vasos, algunos folios manuscritos de su próximo libro de poemas, la botella antes citada que no perdía ocasión de venir a nuestra juntas y una cinta de su cantautor favorito, Llach, y me decía que no era oportuno seguir estudiando a esas horas ni me valdría para mejorar mis notas. Yo, que no era muy de librar batallas perdidas de antemano, cogía mi vaso y me abandonaba a otra noche previsiblemente larga contra la que nada valían excusas de sueño u obligaciones estudiantiles, ni ganas de excusarla había.
Tapando los olores de maderas y resinas que acompañaban a Domingo, los de los humos de sus celtas y mis ducados que, mezclados pero con distinto color, retorcían sus volutas al son de Llach. Así como se retorcía en recovecos nuestra conversación, más protagonizada a medida que pasaban las horas por nuestra invitada de cristal.
Las palabras flotaban con el humo, las ideas eran lanzadas, en ocasiones susurradas, otras gritadas o escupidas y, podía ser tanta la presión, que de tanta se hacía el silencio. Espeso.
Recuerdo una vez que ese silencio duró hasta el gesto de abrir una ventana. Entonces despertó el poeta, pidió bolígrafo y papel y escribió:
Tras la primera palabra
-las otras fueron tamizado pretexto-
un silencio
de cristal y cigarrillos.
La ventana se abre al cráter
de la noche
mientras nosotros caminamos
bajo nuestro propio volcán.
Habrían más poemas, algunos aún los recito a diario, lo saben mis íntimos, salidas a clubes de jazz, vueltas a la residencia justo a tiempo para que el sol no desentonara en las melodías compuestas bajo la lluvia amarilla de la noche cartagenera.
Y un día, por última vez recogí mis cosas para salir de Cartagena, como todos los viernes, pero ya no habría viaje de vuelta el siguiente domingo por la tarde.
Otros si volvieron (creo que preferían no terminar a tiempo por no dejar de ser estudiantes) y en ocasiones coincidíamos en Lorca. Al principio recibía recados a través de ellos de Domingo, sólo pedía noticias y alguna llamada. Una intensa amistad de tres años no debería poder perderse por unos cuantos kilómetros, los que hay entre Cartagena y Lorca.
Pero si era posible. Yo lo conseguí. Fue tan fácil como pensar que aún quedaban mil etapas por vivir y decidir cerrar las que iban acabando con pesadas puertas por donde nada ni nadie podría interferir con la nueva vida. Pesadas puertas que me impidieron oír las voces que me llamaban desde el otro lado. En otras ocasiones serían otros nombres, en la que hoy recuerdo el nombre era Domingo.
Pasaron los años. Las puertas, como yo mismo, fueron perdiendo fuerza. Ya no se oían voces llamándome desde detrás de ellas pero se empezaron a filtrar los recuerdos de aquellas etapas que quise sepultar.
Entonces quise recuperar lo que había perdido. Llamé pero Domingo ya no vivía en Cartagena. Alguien me dijo que desde hacía ya muchos años. Nunca volví a intentar encontrarlo. La vergüenza no me ha dejado.
¡Estúpido imbécil! Sólo espero no haberle causado tanto dolor como rabia siento yo cada vez que pienso en mi actitud con él. Posiblemente no. Yo tenía algo más de 20 años. El era poeta. Sabía mucho de dolores e ingratitudes.
Ahora, con dos libros en mis manos que siempre han estado en mi mesilla: "Aurora, Arco de Silencios" y "Apuntalando la memoria", el primero regalo suyo, el segundo comprado en la librería Espartaco de la calle Serreta, dejo que una página al azar me vuelva a hablar de aquellos momentos, y lo que leo es:
Al río
lo silencia la lluvia.
A ella
tu ausencia.
Quisiera que sirvieran estas líneas para reconciliarme con el chaval de veintipocos que ya tiene muchos más y pide un descanso.
Sería un sueño, imposible, pero eso es lo que tienen los sueños, que también sirvieran para pedir perdón a esa persona maravillosa que conocí, que entre sus habilidades tiene la de sacar su alma del cuerpo con cada bocanada de humo, con cada palabra, para invitar a la tuya a dar un paseo con Lluís Llach más allá de las ventanas.
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En este momento estoy sentado frente a un teclado, escuchando a Lluís Llach y recordando a un amigo. A un antiguo amigo con quién he podido comprobar hasta qué punto se puede ser injusto y cruel. Y con ello vivo.
En este entorno, de repente he empezado a notar un fuerte aroma a maderas y resinas que habían desaparecido de mi registro olfativo hace más de veinte años; los mismos que no comparto con Domingo esas febriles horas nocturnas de conversación (o psicoanálisis) en una habitación imborrable de mi memoria en la residencia universitaria Alberto Colao de Cartagena, dando cuenta de una botella de Torres que, no se sabe por qué extrañas artes, siempre terminaba sumándose a nuestra junta.
Los aromas. Nada en el mundo más evocador.
La tristeza de saberse injusto. De haber desperdiciado la oportunidad de seguir aprendiendo de una persona de excepción, de crecer con su amistad. Nada más amargo.
Domingo es, por orden de importancia en su currículo, al menos en la época a la que me remonto, buena gente, poeta, adicto a las oscuridades de la noche, descifrador de las oscuridades del alma, filósofo, profesor universitario y sacerdote sin parroquia (al menos de las habituales).
Tras la reseña biográfica quiero continuar con la evocación. Hablaba del aroma recordado que presidía nuestros encuentros nocturnos que empezaban cuando él tocaba a mi puerta armado con dos vasos, algunos folios manuscritos de su próximo libro de poemas, la botella antes citada que no perdía ocasión de venir a nuestra juntas y una cinta de su cantautor favorito, Llach, y me decía que no era oportuno seguir estudiando a esas horas ni me valdría para mejorar mis notas. Yo, que no era muy de librar batallas perdidas de antemano, cogía mi vaso y me abandonaba a otra noche previsiblemente larga contra la que nada valían excusas de sueño u obligaciones estudiantiles, ni ganas de excusarla había.
Tapando los olores de maderas y resinas que acompañaban a Domingo, los de los humos de sus celtas y mis ducados que, mezclados pero con distinto color, retorcían sus volutas al son de Llach. Así como se retorcía en recovecos nuestra conversación, más protagonizada a medida que pasaban las horas por nuestra invitada de cristal.
Las palabras flotaban con el humo, las ideas eran lanzadas, en ocasiones susurradas, otras gritadas o escupidas y, podía ser tanta la presión, que de tanta se hacía el silencio. Espeso.
Recuerdo una vez que ese silencio duró hasta el gesto de abrir una ventana. Entonces despertó el poeta, pidió bolígrafo y papel y escribió:
Tras la primera palabra
-las otras fueron tamizado pretexto-
un silencio
de cristal y cigarrillos.
La ventana se abre al cráter
de la noche
mientras nosotros caminamos
bajo nuestro propio volcán.
Habrían más poemas, algunos aún los recito a diario, lo saben mis íntimos, salidas a clubes de jazz, vueltas a la residencia justo a tiempo para que el sol no desentonara en las melodías compuestas bajo la lluvia amarilla de la noche cartagenera.
Y un día, por última vez recogí mis cosas para salir de Cartagena, como todos los viernes, pero ya no habría viaje de vuelta el siguiente domingo por la tarde.
Otros si volvieron (creo que preferían no terminar a tiempo por no dejar de ser estudiantes) y en ocasiones coincidíamos en Lorca. Al principio recibía recados a través de ellos de Domingo, sólo pedía noticias y alguna llamada. Una intensa amistad de tres años no debería poder perderse por unos cuantos kilómetros, los que hay entre Cartagena y Lorca.
Pero si era posible. Yo lo conseguí. Fue tan fácil como pensar que aún quedaban mil etapas por vivir y decidir cerrar las que iban acabando con pesadas puertas por donde nada ni nadie podría interferir con la nueva vida. Pesadas puertas que me impidieron oír las voces que me llamaban desde el otro lado. En otras ocasiones serían otros nombres, en la que hoy recuerdo el nombre era Domingo.
Pasaron los años. Las puertas, como yo mismo, fueron perdiendo fuerza. Ya no se oían voces llamándome desde detrás de ellas pero se empezaron a filtrar los recuerdos de aquellas etapas que quise sepultar.
Entonces quise recuperar lo que había perdido. Llamé pero Domingo ya no vivía en Cartagena. Alguien me dijo que desde hacía ya muchos años. Nunca volví a intentar encontrarlo. La vergüenza no me ha dejado.
¡Estúpido imbécil! Sólo espero no haberle causado tanto dolor como rabia siento yo cada vez que pienso en mi actitud con él. Posiblemente no. Yo tenía algo más de 20 años. El era poeta. Sabía mucho de dolores e ingratitudes.
Ahora, con dos libros en mis manos que siempre han estado en mi mesilla: "Aurora, Arco de Silencios" y "Apuntalando la memoria", el primero regalo suyo, el segundo comprado en la librería Espartaco de la calle Serreta, dejo que una página al azar me vuelva a hablar de aquellos momentos, y lo que leo es:
Al río
lo silencia la lluvia.
A ella
tu ausencia.
Quisiera que sirvieran estas líneas para reconciliarme con el chaval de veintipocos que ya tiene muchos más y pide un descanso.
Sería un sueño, imposible, pero eso es lo que tienen los sueños, que también sirvieran para pedir perdón a esa persona maravillosa que conocí, que entre sus habilidades tiene la de sacar su alma del cuerpo con cada bocanada de humo, con cada palabra, para invitar a la tuya a dar un paseo con Lluís Llach más allá de las ventanas.
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Es probable que le llegue a Domingo Navarro esta entrada que has escrito, con esa transparencia, no cabe pensar en que no pueda ser escuchada por quien la “causó. Enhorabuena por tu blog , adelante.
ResponderEliminarMis mejores deseos para que Lorca, hermosa ciudad, se recupere (sus gentes y su paisaje)lo más rápido posible.
Gracias por haber procurado la comunicación.
Hola Rosa,
EliminarYa es momento de agradecerte tu amable comentario, ahora que puedo ofrecerte el desenlace de la historia.
http://parrafosconsentidos.blogspot.com/2012/01/parrafos-consentidos-9-metamorfosis-del.html
Gracias por tu amabilidad.
Antonio Luis