Viaje a Ítaca. Lluis Llach
Otra vez Lluís Llach. Un teclado, un disco y un poco de tristeza que ya empieza a ser crónica.
Esta vez, este viaje, como decimos aquí y que tan oportuno será en esta ocasión, es Ítaca la que moverá estos torpes dedos que aún no saben que camino coger.
Cronológicamente, los nombres que me embarcan en la aventura de las Ítacas son Mária, Llach, Domingo y Kavafis. Cuatro rumbos. Cuatro faros.
De su mano avanzas sin miedo, sorteas cantos de sirenas y a lo lejos divisas Ítaca y encuentras sus puertos.
Uno te acogerá al final, si tu viaje está destinado a terminar con fortuna. Mientras lo encuentras pasarás por puertos inaccesibles y por otros que te dejarán amarrar pero no tendrán nada que ofrecerte. Unos y otros figuran en tus cartas de navegación.
Todos los viajes llegan a puertos.
Todos los puertos están en Ítaca.
Hay etapas en las que uno siempre está de viaje. La vida se difumina alrededor de ti. Una hora en una habitación de seis metros cuadrados pensando en qué escribir puede ser una travesía de siglos por mares infinitos a bordo de un recuerdo que insiste en vivir contigo, a horcajadas sobre un sueño que no supo dejar de serlo.
Hay etapas en las que uno vive en dique seco. Todo está concreto. Cuando una hora en campo abierto son milenios de claustrofobias. Encerrado en universos limitados por certezas.
Hoy necesito un homenaje. El reconocimiento a un día cansado. Un aplauso para quién no ha encontrado a Ítaca pero que volverá a intentarlo mañana. También pasado mañana.
Necesito un brazo apoyado en la mesa donde descansar la mejilla.
Un meñique enjuagando lágrimas que pronto precisarán de la mano entera.
Hoy va a ser lunes,
y yo aquí buscando Ítacas donde llegar.
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Otra vez Lluís Llach. Un teclado, un disco y un poco de tristeza que ya empieza a ser crónica.
Esta vez, este viaje, como decimos aquí y que tan oportuno será en esta ocasión, es Ítaca la que moverá estos torpes dedos que aún no saben que camino coger.
Cronológicamente, los nombres que me embarcan en la aventura de las Ítacas son Mária, Llach, Domingo y Kavafis. Cuatro rumbos. Cuatro faros.
De su mano avanzas sin miedo, sorteas cantos de sirenas y a lo lejos divisas Ítaca y encuentras sus puertos.
Uno te acogerá al final, si tu viaje está destinado a terminar con fortuna. Mientras lo encuentras pasarás por puertos inaccesibles y por otros que te dejarán amarrar pero no tendrán nada que ofrecerte. Unos y otros figuran en tus cartas de navegación.
Todos los viajes llegan a puertos.
Todos los puertos están en Ítaca.
Hay etapas en las que uno siempre está de viaje. La vida se difumina alrededor de ti. Una hora en una habitación de seis metros cuadrados pensando en qué escribir puede ser una travesía de siglos por mares infinitos a bordo de un recuerdo que insiste en vivir contigo, a horcajadas sobre un sueño que no supo dejar de serlo.
Hay etapas en las que uno vive en dique seco. Todo está concreto. Cuando una hora en campo abierto son milenios de claustrofobias. Encerrado en universos limitados por certezas.
Hoy necesito un homenaje. El reconocimiento a un día cansado. Un aplauso para quién no ha encontrado a Ítaca pero que volverá a intentarlo mañana. También pasado mañana.
Necesito un brazo apoyado en la mesa donde descansar la mejilla.
Un meñique enjuagando lágrimas que pronto precisarán de la mano entera.
Hoy va a ser lunes,
y yo aquí buscando Ítacas donde llegar.
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