(Con nostalgia, para Luis, Valentín y los suyos, que año tras año me cuidan Ordesa y nos prestan un trocito de Torla)
Hace un momento estaba viendo imágenes de escaladas y una vez más me vuelvo a preguntar por qué subir montañas. Alguien me dijo una vez que el único motivo era llegar. Su motivo. Un buen motivo.
Cada cual, frente a la montaña, encuentra su por qué para prestar los ojos en la cima por unos momentos al gigante que vive en ellas y que, siendo tan alto, es incapaz de ver por sí mismo el espectáculo diario de lejanos atardeceres, abismos cercanos, vientos de todas direcciones e infinitos en trescientos sesenta grados que caben en tu humilde mirada.
En mi caso la montaña es el reencuentro.
Los llanos, las ciudades, son amasijos de puntos en frenético desplazamiento.
A medida que sube la altitud, los puntos son menos, los movimientos menos frenéticos.
En la montaña los puntos son pocos. El movimiento es lento, pausado.
Poco antes de la cima ya no hay puntos, hay nombres, hay personas, pocas, bebiendo toponimias mientras miran hacia arriba.
En lo alto estás tu.
Sólo.
Orgulloso,cansado, feliz.
Entonces quieres bajar, reencontrar los puntos ahora otra vez con rostro que dejaste al partir, darles un beso, llamarlos por su nombre y decirles que los quieres.
Y sabes que, a veces, mientras el abrazo ya estarás sintiendo que necesitas volver a subir.
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Hace un momento estaba viendo imágenes de escaladas y una vez más me vuelvo a preguntar por qué subir montañas. Alguien me dijo una vez que el único motivo era llegar. Su motivo. Un buen motivo.
Cada cual, frente a la montaña, encuentra su por qué para prestar los ojos en la cima por unos momentos al gigante que vive en ellas y que, siendo tan alto, es incapaz de ver por sí mismo el espectáculo diario de lejanos atardeceres, abismos cercanos, vientos de todas direcciones e infinitos en trescientos sesenta grados que caben en tu humilde mirada.
En mi caso la montaña es el reencuentro.
Los llanos, las ciudades, son amasijos de puntos en frenético desplazamiento.
A medida que sube la altitud, los puntos son menos, los movimientos menos frenéticos.
En la montaña los puntos son pocos. El movimiento es lento, pausado.
Poco antes de la cima ya no hay puntos, hay nombres, hay personas, pocas, bebiendo toponimias mientras miran hacia arriba.
En lo alto estás tu.
Sólo.
Orgulloso,cansado, feliz.
Entonces quieres bajar, reencontrar los puntos ahora otra vez con rostro que dejaste al partir, darles un beso, llamarlos por su nombre y decirles que los quieres.
Y sabes que, a veces, mientras el abrazo ya estarás sintiendo que necesitas volver a subir.
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