PÁRRAFOS CONSENTIDOS 7.- INTIMIDADES DE UN TIPO SERIO

Hace unos días, de vuelta del colegio al que todos los días laborables de la semana me acompaña mi hijo en un viaje de ida siempre sorprendente (el de vuelta lo hago yo solo dirección  a mi trabajo), una amiga me preguntó por mi atuendo, un poco formal de más para el desfile habitual de chándales pijameros (que no critico), y le contesté, o quise hacerlo aunque no demostró ningún interés por mi respuesta porque en algún momento de mi explicación había decidido iniciar conversación con otra mamá, que no era ni más ni menos que un burdo intento por mi parte de no llamar excesivamente la atención por zarrapastroso al presentarme en el juzgado donde tenía que prestar declaración esa mañana como perito judicial (lo siento papis, a pesar de lo que habéis gastado en mis estudios ese es el nombre de mi trabajo, a mi también me habría gustado algo más bonito).

Cuando me despedí de mi amiga y de la otra mamá, sin éxito alguno porque ninguna de ellas se dio cuenta de  mi despedida enzarzadas como iban en su conversación, tras el  saludo que cuando voy un poco más vestido me brinda el municipal al cruzar la carretera confundiéndome con a saber qué concejal, me encontré con otro padre conocido que, impecablemente vestido con una camiseta de agujeros sin mangas, me volvió a llamar la atención acerca de mi extravagante forma de vestir, a saber: unos chinos azules, una camisa blanca sin corbata ni nada y unos zapatos de verano intentando hacer juego con el cinturón (o al revés).

Yo, que me había visto normal antes de salir, empecé a preocuparme por mi aspecto y llegué a decidir hacer una rápida visita a casa para cambiarme antes de seguir rumbo hacia el juzgado, preocupado por no tener ni idea de como encontrar en el poco tiempo de que disponía el chándal que me compró María hace unos años, cuando estuve a punto de apuntarme a un gimnasio.

Sin embargo, a medida que iba alejándome del colegio y adentrándome un poco en el centro de la ciudad, mi ropa se iba haciendo menos llamativa, era más normal, incluso pasaba desapercibido entre una multitud de personas que se dirigían a juzgados, ayuntamientos, oficinas y otros mataderos.

Empezó a chispear, pero nada preocupante.

Fue entonces cuando otro conocido con oficio equivalente al mío porque también llevaba chinos y camisa a palo seco, me saludó:

 - Antonio, coño, que serio te veo. Llevas un tema complicao palante, se te ve. A ver si nos vemos, que es que no nos vemos y hace falta verse vez en cuando.

Ante semejante discurso, no tuve más remedio que dibujar una medio sonrisa, gesto que me hizo darme cuenta de cuanta razón tenía mi amigo respecto de mi seriedad porque noté una cierta tensión dolorosa en la piel del rostro.

El chispeo se iba convirtiendo en una lluvia más insistente.

Había conseguido llegar al pleno centro del pueblo sin más quebraderos de cabeza que la pasajera sospecha de que mi atuendo no era el adecuado por haber salido a la calle sin chándal de felpa, y una vez más había vencido la tentación de decirle al conocido de turno que no es que anduviera serio por tener problemas gravísimos, sino que no tenía costumbre de andar sin compañía por el pueblo descojonado de risa a las nueve de la mañana.

Llegando a los juzgados tuve el último encuentro. La lluvia ya era seria, pero no obstante me paré al tropezarme con un cliente que casualmente tenía como objetivo esa mañana buscarme en la oficina para explicarme un tema gravísimo que habría que solucionar en un plazo máximo de dos días porque...

...en ese punto de la explicación, la mirada grave y fija en los ojos de mi cliente, empezó la sensación.

Nunca habría podido imaginar la sensibilidad extrema de una parte del cuerpo tan sufrida como la planta del pié. Pero ahí estaba. La sensación era clara y contundente. Entre el dedo gordo y el siguiente (que no  me atrevo a llamar índice porque nunca hasta el momento se me ha ocurrido indicar nada con ese dedo del pié aunque confieso estar haciendo pruebas en este momento) notaba la humedad con una topografía precisa traspasando el calcetín.

Mi cliente hablando, y la sensación extendiéndose en forma circular por mi pié. Levanté la punta del zapato al tiempo que llevaba una mano a mi barbilla intentando que para mi interlocutor pareciera un gesto de concentración, pero de repente volví a bajar el pié porque caí en que la causa  de la humedad tenía que ser un agujero en la suela  y que alguien del grupo de abogados cercano iba a descubrir mis intimidades si mantenía la postura, con la mala fortuna que el chapoteo consiguiente dejó perdida de agua toda la superficie de ese zapato.

Conseguí despedir hasta más tarde a mi cliente, de cuyo asunto no pude retener ni un dato, cuando caí en la cuenta de que, al haberse mojado uno de ellos, daba la impresión de que ese día me había despistado y había elegido un zapato de cada color para calzarme.

Saludando al grupo de letrados con la mano en alto para desviar sus miradas, introduje mi otro zapato en el charco hábilmente elegido de antemano para emparejar los colores. Una vez por fin en la puerta del juzgado, ya en seco, me preocupó el hecho de que lo que definitivamente ya no hacía juego era el cinturón, pero sólo imaginarme la dificultad en remojar dicha prenda en alguno de los charcos cercanos sin quitármela de encima  me hizo desistir de mi pretensión de presentarme esa mañana perfectamente conjuntado ante el tribunal.

Me senté en uno de los bancos del juzgado número tres. Realmente la mañana se había complicado pero finalmente todo parecía haber vuelto a su rumbo correcto. Era el primero en llegar. Ni los abogados ni las partes del juicio al que tenía que asistir estaban en la sala de espera.

Mientra observaba  cómo se iban secando las manchas de agua delatora que había ido dejando uno de mis zapatos desde la entrada hasta el banco donde ahora estaba, decidí dar un repaso a mis papeles.

Media hora más tarde, cuando llegué a leer la hoja de citación que apareció entre el resto de documentación, una vez descubierta la causa de que ni los abogados ni las partes estuvieran en esa sala de espera, me levanté para salir corriendo hacia la del juzgado número dos, con la esperanza de que aún no me hubieran llamado a declarar y, sobre todo, de que nadie reparara en la mancha de agua que dejaba a mis espaldas mi encharcado zapato derecho, lo que inconscientemente me llevó a recorrer las escaleras entre los dos juzgados a saltitos, puesto que al apoyar con fuerza el pié el caudal desprendido por el agujero se hacía proporcionalmente mayor.

No recuerdo haber conseguido finalmente llegar a tiempo, o tal vez lo hice. Sólo recuerdo de ese día las cosas realmente importantes.

Ahora entenderéis porqué cuando veo a alguien muy serio por la calle me quedo con ganas de decirle al oído: !!!Ay Pajarillo!!! Lo que daría por ver en que andas pensando...


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