PÁRRAFOS CONSENTIDOS 12.- ÉRASE UNA VEZ HACE UN AÑO... (LA HISTORIA DE UN TERREMOTO)

No es necesario buscar la reseña de las horas exactas. No consiste en hacer la crónica. Los momentos son precisos, es preciso el recuerdo, es insistente la angustia.

Sobre las nueve menos cinco. La alameda, como siempre sucia de perros, es testigo un día más de la infinita sabiduría del niño que insiste en espabilarte con sus historias sobre conquistas del castillo y zarandajas históricas que te hacen abrir la boca de asombro o de inconfesable bostezo (quizás influya el hecho que ayer te acostaras cuatro o cinco horas antes de que sonara el despertador).

La vida preocupa, el momento no es bueno. Sólo te dejas llevar por la fantasía ese rato cuando tu hijo te lleva a su colegio por las mañanas. Tienes tres: Un mayor de ocho años y dos recién venidas de meses. Otro día que tendrás que poner a trabajar tu materia gris para satisfacer lo que ahora son tus caprichos: Ellos.

La mañana es igual que tantas otras. De éstas ya habías vivido muchas en Lorca y también en Madrid, y en Tarragona, y en Sevilla, Totana, Murcia, Almería, Ítaca o Albanta. Una mañana más, un día a pasar para acercarte al fin de semana en que tenías previsto... ¿Qué?

¿Sabe alguien qué tenía previsto hacer ese fin de semana?

Tú no

Si acaso vivir un fin de semana más. La pretensión de todos los fines de semana de los últimos treinta años.

Son las dos de la tarde. Otra vez en el colegio. Toda la mañana intentando encontrar soluciones a los problemas que se esconden dentro de las carpetas de trabajo, pero ahora buscando con ansias la carita de tu niño que un día más encuentras con el rostro ilusionado porque te va a dar una gran noticia: Otro diez.

Piensas que tienes un problema (bendito problema): Hay que conseguir que el día que no haya un diez  no se sienta fracasado. Ya estás a punto de confesarle que eras feliz cuando sacabas ochos, sietes o seises (nunca has sido totalmente sincero con respecto a tus notas hablando con tu hijo).

Vais juntos a la gran prueba diaria: Recoger una vez más de la guardería a vuestras nuevas adquisiciones: Ella y la otra como ella. Las gemelas Sofía y África.

La vida es tan normal que al poco decide juntaros a todos. Viene el noventa y tres por cien de familia que faltaba: María.

Y coméis.

Y la vida sigue siendo tan normal que hasta hay lugar para una siesta.

Tú en la cama con África.

Cerca de las cinco de la tarde. Ya no sabes si antes o después, podrías buscar el dato exacto pero no quieres, estás en el pasillo, África aún en la cama, María tiene a Sofía, el suelo se mueve.

Todo parece quedar como siempre tras el temblor. Adrián te está buscando. Tú sigues en el pasillo. Papá qué ha pasado.

- No pasa nada. Es un terremoto, Adrián. Esto pasa aquí con frecuencia. Sin ir más lejos, estando tú recién nacido en el hospital hubo uno que...

Es verdad que has vivido varios, pero tu mirada se desvía preocupada hacia la figura de madera que trajiste del caribe hace años. Está rota en el suelo. Nunca un temblor había ido más allá de un tintineo de lámparas.

Miras al niño: No hijo, no pasa nada. Intentas creértelo tu también.

María te mira. Quieres dejar claro que todo está bien. Estás seguro: eres de aquí, dominas la situación. Pero en cualquier caso hay que llamar a sus padres. Allí el suelo se mueve mucho.

Por suerte hoy no.

Es hora de salir otra vez hacia la oficina. Ya llegas tarde pero sabes que tu hermano se habrá encargado del cliente que iba a llegar sobre las seis.

Entonces, con mariposas en el estómago aún dando vueltas, te asomas a la ventana antes de decidirte a salir y descubres que al edificio de enfrente se le ha caído un trozo de cornisa: Una vecina te pregunta qué es lo que miras. Ella no tiene perspectiva, está preocupada.

La figura rota, el edificio de enfrente tocado, ... y un histérico gritando por la calle que va a haber otro... más grande...

- Mariquilla, esto no es nada, vaya susto tonto... pero en cualquier caso quiero que nos vallamos a la alameda a darle de merendar a las niñas, siempre te toca a ti darles sola.

Ha pasado tiempo desde el temblor, no sabes cuanto, pero bajáis con las gemelas en brazos por las escaleras y Adrián a vuestro lado. Al llegar abajo llamáis al ascensor con la silleta y unas mantas para las bebés que harán el recorrido desde el cuarto a la planta baja sin humano que les acompañe.

Pasáis la vía. Las niñas meriendan en la alameda delante de unos chalets que aún son habitables. Te resistes a dejarlos para irte a trabajar, hay algo que no te cuadra: Las mariposas del estómago siguen ahí. Das un paseo hasta la alameda principal, la de las losas, y ves a la gente que se amontona junto a las columnas: El centro cultural está roto. Hay policía; una cinta roja y blanca delimita lo que no quieres ver.

- Cariño, me voy, no va a pasar nada pero me gustaría que mi hermano saliera de la oficina. Esta tarde es mejor dejar reposar los nervios en campo abierto. De cualquier forma, preferiría que no salieras de la alameda. Vete al parque, cenaremos en un merendero... pero si pasara eso que no va a pasar, nos veríamos en los cuatros bancos, donde la farola...

La avenida, el portón de tu edificio, y un semáforo. En rojo. 

Ahora en verde.

Cuando llegas al edificio donde está tu oficina el semáforo se ha puesto otra vez rojo. Otras personas esperan para cruzar. En la cancela de tu escalera te paras a hablar con una conocida que está con su hija. El tema: el terremoto. La anécdota: Protección Civil ha dicho que viene otro más grande. ¿Que van a saber ellos?...

¿Que van a saber...?

Primero huye la sangre de tu cabeza.

No pasa el tiempo, está atrancado, la mirada tiembla... o es el mundo el que se estremece...

Ladrillos cayendo. Una pared revienta el tejado de la casa baja que está a diez metros de ti. Más allá puedes ver, a cámara lenta, cómo se desprende la fachada del edificio más alto de tu campo visual. También a cámara lenta miras: lo vivo quieto, lo inerte vibrando. 
Humo
           Humo
                      Miedo
                                 Humo

La mirada hacia las escaleras: ¡Josema!

Dos sombras vuelan por encima de ti. Una es él. - Estás vivo, voy a por los míos-. Todo está dicho.

A partir de este momento todo es SILENCIO.

Silencio y movimiento quieto. Ojos sin mirada. Gritos silenciosos. Silencio y más silencio tras el estruendo.

No hay semáforo, ya no se pondrá en verde. Está en el suelo, busca refugio entre los escombros, en el mismo suelo que sirve de lecho a quienes ya no cruzaron. Detrás de ti quedó el semáforo en rojo, para siempre rojo.

Humo, sangre, humo, muerte, humo, humo, silencio, humo.

Corres, sabes donde encontrarlos. Te paras a ayudar a salir a alguien de un coche con una pared encima, lo dejas en la acera con su ansiedad pero vivo, los ojos pidiendo la explicación que tu no puedes darle. Un perro que ya no entiende el mundo te tira al suelo, un segundo más tarde sigues corriendo.

En la farola de la alameda escuchas una voz agarrada a tus piernas: Papá, que ha pasado. Han llegado al maldito o bendito punto de encuentro. Donde no tendríamos que habernos visto nunca.

Miras a María, a las niñas: Todo está bien. Estáis bien. Coges la cabeza de Adrián, tus ojos y los suyos a un dedo. -Todo bien, cariño, todo bien, no tengas miedo: Estamos juntos.

María con la mirada te besa. Te pregunta por la casa.

Con la mirada le dices: No lo sé.... 
                                                ...pero sabes que Lorca es humo. Lo has visto. 

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Todos los caminos te llevan al huerto de la rueda. Quieres pasar sin entrar al recinto cerrado pero es obligado: Va a haber otro... te dicen.

Te niegas a obedecer pero te meten. Tres niños, dos de ellos en silleta. Pides ayuda para saltar una tapia, vosotros y la silleta. En la carretera de Tercia, con conciencia de prófugo tras la huida, reconoces el coche de tu hermano que viene a tu encuentro. Quiere que te montes con tu familia y quedarse él, que no cabe. Ya llegará a su casa andando... 

Poco a poco va apareciendo la familia. No tienen casas. La noche será en los coches, en tu caso ajeno, para muchos serán vivienda.

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La siguiente madrugada verás tu casa...., o no.

Verde, amarillo, rojo, negro.

 Los colores de la Lorca del día doce.

                                                    Macabro arcoíris.

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Ahora, un año después, soy más de aquí. Mucho más lorquino. Antes ya lo era, ahora más.

Defraudado, si. 

Agradecido, sin dudas: de la gente que ayuda, de los que no tienen nombre, de los como nosotros: de la calle.

Un año en que he tenido la oportunidad de entrar a diario a mi casa, a ver, a tocar mis cosas. Consciente de que otros no han podido ni siquiera despedirse de una fotografía, de una vida de recuerdos escrita en su colección de sellos o posavasos, de las vistas al edificio de enfrente desde donde cada mañana les saludaba un vecino del que ni saben ahora donde habrá tenido que refugiarse.

... y sin embargo, ahora, un año más tarde, entiendo que he crecido, que he ganado.

Miro mis cosas, las que otros han perdido. Ya no las quiero. En dos segundos te abandonan para siempre.

Si acaso un pantalón viejo, un par de libros, y sobre todo brazos y piernas.

Brazos para abrazar.

Piernas para seguir hacia adelante.

Un año más tarde soy un milenio más libre.



                                En Lorca, llorando, cuando va a ser otra vez once de mayo.














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