Cuarenta y siete años recién cumplidos. He decidido que sean cuarenta y ocho, así el año que viene volveré a cumplirlos. Por un lado no me haré más mayor ese año, por otro ya me habré acostumbrado a tener esa edad. Si me gusta la experiencia, al siguiente en lugar de cuarenta y nueve cumpliré cincuenta o cincuenta y uno.
A esta edad, ni mucha ni poca, mi edad, he tenido oportunidad de hacer diez mil cosas que me habrían enriquecido. De diez mil he aprovechado dieciséis. No está mal, pero podría haber estado mejor.
Los momentos especiales, los que la vida te pone frente al capote una única vez, los que si no agarras al vuelo verás como se alejan quizás para siempre: esos son los que a esta edad empiezas a contabilizar. Son más de los que ahora quieres haber dejado pasar.
Evitando frenesíes. No hay que cogerlo todo. Saber renunciar a un gran momento por una amanecida junto al mar sin pensar en nada puede ser un gran acierto. No recoger un Nobel por haber preferido sentarte con las piernas colgando del abismo de piedra en Pirineos es sin duda un síntoma de inteligencia.
Pero tampoco es cuestión de dejar pasar siempre la oportunidad. Hay algunas que siempre te persiguen, y cuando te decides a cogerla ya no es lo que podía haber sido.
Cada momento especial tiene su instante idóneo en el tiempo. Más es dulce pero blando; menos es verde y tal vez demasiado duro.
Recuerdo el día que teniendo once o doce años me presentó mi tío Jesús a su amigo Gonzalo. Educado saludé y cogí el duro que me ofrecieron para jugarme una partida de máquina de bolas mientras ellos tomaban su café. Hoy quisiera tener de vuelta esa ocasión de pasar un rato escuchando la conversación entre mi tío y Torrente Ballester. La oportunidad surgió prematura.Ya no será.
Una noche inolvidable, en el teatro Romea de Murcia fui testigo de que la magia es una realidad, desde entonces ya no hay argumentos en el mundo para convencerme de lo contrario. Unos años más tarde un hada revoltosa, se llama María, me cogió de la mano y me metió, disolviendo con sus potentes rayos cósmicos a guardias jurados enormes y azafatas feroces, dentro del camerino de aquel mago de los gestos. Dar la mano a Marcel Marceau y hacerme una foto con él y con mi amigo Carlos, eso fue una oportunidad aprovechada. Esa sí que fue. Era el momento, lo cogí por el cuello.
Hace unos días, como un colegial nervioso, esperando un hueco entre dos conferencias para niños acechaba al escritor de aventuras fantásticas que desde la lejana adolescencia había idolatrado. Oportunidades tuve en otras ocasiones de haberle saludado y pedirle una firma. No lo hice entonces; mi hada traviesa se encargó una vez más de que al menos esa ansiada dedicatoria estuviera en alguno de mis libros aunque mi timidez me hubiera impedido estrechar su mano y la posibilidad de guardar un recuerdo imborrable.
No dispuesto a dejar pasar otra vez la oportunidad, después de repetirme mil veces que las cosas que anhelas hay que trabajarlas, que si no lo hacía ese día ya seguramente nunca tendría la posibilidad de conocerlo en persona, me puse al final de la cola de niños de nueve años que esperaban a que Joan Manuel Gisbert les firmara el libro que habían traído del colegio a tal fin. Después de la última de las niñas, que por ser la última se llevó no solo la firma sino también una bonita dedicatoria, me tocó el turno a mí.
- Hola Joan Manuel, yo soy más crecidito que los demás, pero si me lo permites me gustaría saludarte.
- Hola, hola. Tú debes ser el profesor de literatura del colegio de san nosequé.
- Pues no, yo sólo quería salu…
- Ah, entonces eres el profesor del colegio nosecuantos, el que viene a la siguiente conferencia.
- No, tampoco, yo no soy profesor. Mira, me llamo Antonio Luis Páez y sólo quería saluddd…
- ¡Antonio Luis Páez!, ¡Si te conozco! Tú eres autor como yo, nos hemos escrito en alguna ocasión…
- No Joan Manuel, yo no soy autor, estás confundido. Si acaso soy ingeniero técnico como tu. Lo he leído en tu biografía. Es verdad que nos hemos carteado. De hecho me regalaste un texto que poder utilizar como comienzo de una historia que aún no he escrito, cuando lo haga seré autor, pero de momento no lo soy.
- ...
- …
De repente, la llamada de la naturaleza tras un par de horas de conferencias le impidió continuar con una conversación que no había conseguido centrarse, aunque como saludo ya era más que suficiente. Sin embargo me pidió que lo esperara un minuto.
El minuto se hizo largo, con mi bolsa en la que llevaba dos libros previamente escogidos en la mano, la bibliotecaria mirándome inquisitivamente culpabilizándome claramente del retraso en el comienzo de la siguiente conferencia, y la profesora del colegio que esperaba al autor en cuestión amenazando a la tropa a su cargo con los peores castigos infernales si no guardaban la debida compostura ante el insigne escritor.
Pero esperé. Era la oportunidad y la estaba aprovechando, cuanto más durara mejor. Cuando finalmente nos volvimos a encontrar creo que era mayor su desconcierto que el mío. Tenía que empezar su conferencia, sin embargo daba muestras de preocupación por dejarme allí (aparentemente) colgado.
Tomando las riendas del asunto lo tranquilicé.
- Te repito que sólo quería saludarte, y estoy violento porque deberías estar en el estrado dirigiéndote a esos niños. Anda, fírmame este libro (sólo me atreví a pedirle que lo hiciera en uno de los dos que me había llevado) y te dejo tranquilo.
- Si, eso lo vamos a hacer ahora mismo - me dijo mientras su mirada perdida en algún punto de la pared me hizo creer que estaba ante alguno de sus propios personajes en estado de trance por el descubrimiento de a saber qué terrible verdad cósmica-. A ver ..., Antonio Luis Páez ¿verdad?.
Para despedirnos nos dimos la mano como cuatro o cinco veces. Quedamos en algo. Yo no se en qué. Él seguro que tampoco.
Realmente estuvo bien. Incluso puede parecer un momento genial, sin embargo tengo la sensación de que el momento debería haber sido antes. Antes más genial aún (posiblemente). He llegado tarde para esta oportunidad, de esas que antes decía que te persiguen, y cuando te decides a aprovecharla…
En cualquier caso es una cruz que marcar en tu lista de cosas por hacer. Más vale tarde que nunca. ¿O no? Si, definitivamente si. Hay que hacer las cosas aunque sea tarde, si no te persiguen el resto de tu vida. De esto ahora estoy aprendiendo mucho.
Para mañana, dentro de un rato, voy a procurar tener una oportunidad de algo, y a ser posible intentaré que no sea de las de recuperar, esas de las cruces pendientes de la lista. Buscaré la oportunidad de hacer algo especial.
Será fácil. Si la fórmula mágica sigue funcionando,sólo es cuestión de abrir los ojos temprano y decir:
¡Buenos días! ¿Qué tenemos para hoy?
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