A Alberto Cortez, por el título que me prestas y por la mano que me diste para subir al escenario.
Ya es verano.
A la espera de algo parecido a unas vacaciones
de verdad, los fines de semana toca playa.
No han aflorado en mi carácter, de momento, tendencias masoquistas, así que reconozco que llevo muy mal la temporada de playa y aparentar que estoy disfrutando como un loco de la oportunidad brindada por las vacaciones de poder exponerme a las doce del
mediodía a un sol infernal formando parte de un hormiguero humano con
colores de pellejo desde el rojo vivo al negro-tostadora-mal-regulada, y con la
única opción para no morir de un sofoco que meterte periódicamente en un agua
sospechosamente tibia... y ahí me quedo.
Una vez dicho ésto, aclararé que, sin embargo, hasta una mente obtusa como la mía, incapaz de comprender la felicidad de los demás en las citadas condiciones, tiene
oportunidad de disfrutar de algún momento bueno mientras espera la llegada del
otoño.
Para eso hay que despertarse temprano. Muy
temprano. Preferiblemente bastante antes de que salga el sol.
La equipación es sencilla: protector solar,
música en tu iPod, una buena ruta planeada de antemano, ... y tu mente abierta
para lo que traigan consigo tus pasos ese día.
Este sábado pasado se dieron las condiciones.
Sobre las seis y diez de la mañana ya estaba en marcha. Previsto un recorrido
junto a la playa de algo más de doce kilómetros, pasando por unas salinas
repletas de aves y pinos carrascos tumbados por la maresía, con posibilidades
de encontrar todo tipo de restos marinos dejados por las olas durante la noche
en una playa casi siempre desierta que me devolvería a casa tras un par de
horas cuando, poco a poco, todo y todos empezaran a despertar.
El día ya apuntaba caliente, sin embargo
enseguida el cuerpo se acostumbró a la temperatura y a un ritmo rápido, y en un
minuto decidió que estaba a gusto.
Durante el invierno este recorrido es una
verdadera delicia. En la ocasión que describo, pleno verano, con sólo llegar al
paseo marítimo me di cuenta de que ahora, en julio, ya a esas temprana horas
formaba parte de una cola de siete u ocho personas que, a cierta distancia unas
de otras, habían tenido la misma idea que yo.
La sensación de masificación en ese momento
que pretendía íntimo casi me hizo desistir y dar la vuelta para cambiar el
paseo por un libro y un café en el porche mientras despertara el resto de la
casa.
Sin embargo decidí seguir un trecho más.
Al cabo de unos minutos volvió a ocurrir lo de
siempre: Lluis Llach en los auriculares, la luz clareando la raya del horizonte
por levante, una cierta sensación de euforia y libertad y ... de repente el
vuelo al país del "sé tú mismo".
No será tarea fácil describir la actividad
frenética del pensamiento tras ese momento.
A trozos, como recortados de distintos libros,
entremezclados unos pasajes con otros, viví momentos estelares sobre un
escenario cantando "Un núvol blanc" ante un auditorio de
miles de personas absolutamente entregadas, siendo además guitarrista,
saxofonista o virtuoso pianista según el solo de turno mientras avanzaba el
tema en mis auriculares.
Instantes después me encontré ensayando el
soponcio que haría caer la semana siguiente sobre el cliente a quien nunca nadie ha tosido que
piensa que más que cliente es amo.
Cuando fui llegando a las salinas mi
pensamiento estaba centrado en la solución a una crisis internacional, en el
descubrimiento de una impresionante tumba egipcia, en un viaje por malasia, en
un regalo para mi hijo, en un puñetazo en la mesa de mi partido político, en
una solución para un niño con moscas en los ojos, en el argumento de una novela
de aventuras, en la feria que querría para mi pueblo, en un beso de María en un
carrusel tras un viaje intergaláctico, en el desmantelamiento de una mierda sobre mi castillo, en dos palabras a un alcalde que no se
encuentra a si mismo, en una sentencia de cárcel para quien roba a un ciudadano
honrado, en la maldición que hace sufrir para el cura pederasta, en el trabajo ideal para un hermano, en un futuro para dos
niñas-muñecas, en una vida digna para los dignos de ella, en la expropiación a los usureros, en los discursos que
por fin ven la luz, en la resurrección de los amigos, en los cuadros por
pintar, en las líneas por escribir, en los olores por oler, en los paisajes por
ver, en los abrazos que sentir, en los aires por volar, en los gritos que
gritar...
Cuando salí de las salinas llegué a la playa
que me llevaría de vuelta.
El pulso acelerado. El corazón apretado. La
sensación de estar muy vivo. La libertad en la garganta.
El yo mismo en la
conciencia.
El los demás un
escalón por encima.
Y es julio, la playa en otras épocas del año
desierta que me devolvería al pueblo acogía a esa fila de personas que, igual
que cuando salí, a cierta distancia unas de otras, habían tenido la misma idea
que yo esa mañana.
Todos iban con auriculares,como yo, cada uno
detrás de otro y con otro más por detrás, pero en ese momento pude notar
nitidamente algo distinto que no fui capaz de observar a las seis de la mañana:
Un pequeño universo giraba sobre cada una de sus cabezas.
Y aquellos pequeños universos me resultaban
familiares a pesar de lo distintos que eran unos de otros.
Entonces volví la cabeza, alguien había
empezado su paseo después de mí. Yo también había sido durante todo el trayecto
uno más en la fila, pero la mirada de mi siguiente hacia un punto un palmo por
encima de mi cabeza me hizo entender que pulso, corazón, vitalidad y libertad,
yoes y túes, flotaban sobre mi al igual que lo hacían sobre el resto de la
fila, conformando universos particulares.
La fila dejó de serla en ese momento, se
disgregó. Uno a uno, unos detrás y otros delante pero uno a uno, con
sus Llach, sus Asfaltos, sus Eagles o sus Bowies, hacíamos la ruta libres,
independientes y, ya, plenos.
Cada uno con su propio universo, pero pintados
con parecidos colores.
Y así, como un Castaneda que por fin ha
entendido a Don Juan, dejé de andar. Mirando al sol, que ya estaba
encendido, dejé los aparatos en la arena y entré en el agua fresca de las ocho.
Comprendí la estupidez de creerse más que los demás, por el simple hecho
de conocer tus propios pensamientos y no los ajenos. La estupidez de no intuir
que tras una mirada apática se esconde quizás el intento de pronunciar el
sortilegio que resuelva los problemas de la humanidad, de la cura definitiva de
heridas propias y extrañas. La estupidez de sentirse centro de un universo
rodeado de comparsas sin vida propia. La estupidez de ningunear a los demás por la única razón de que no son tú.
En el agua encontré esta tabla. La utilizo
para garabatear estas palabras. La dejo flotar de nuevo por si alguien quisiera
leerla, y espero dar con ella ante las siguientes colas que encuentre.
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