PÁRRAFOS CONSENTIDOS 14. ...Y OLVIDANDO QUE SOMOS LOS DEMÁS DE LOS DEMÁS


A Alberto Cortez, por el título que me prestas y por la mano que me diste para subir al escenario.



Ya es verano.


A la espera de algo parecido a unas vacaciones de verdad, los fines de semana toca playa.


No han aflorado en mi carácter, de momento, tendencias masoquistas, así que reconozco que llevo muy mal la temporada de playa y aparentar que estoy disfrutando como un loco de la oportunidad brindada por las vacaciones de poder exponerme a las doce del mediodía a un sol infernal formando parte de un hormiguero humano con colores de pellejo desde el rojo vivo al negro-tostadora-mal-regulada, y con la única opción para no morir de un sofoco que meterte periódicamente en un agua sospechosamente tibia... y ahí me quedo.


Una vez dicho ésto, aclararé que, sin embargo, hasta una mente obtusa como la mía, incapaz de comprender la felicidad de los demás en las citadas condiciones, tiene oportunidad de disfrutar de algún momento bueno mientras espera la llegada del otoño.


Para eso hay que despertarse temprano. Muy temprano. Preferiblemente bastante antes de que salga el sol.


La equipación es sencilla: protector solar, música en tu iPod, una buena ruta planeada de antemano, ... y tu mente abierta para lo que traigan consigo tus pasos ese día.


Este sábado pasado se dieron las condiciones. Sobre las seis y diez de la mañana ya estaba en marcha. Previsto un recorrido junto a la playa de algo más de doce kilómetros, pasando por unas salinas repletas de aves y pinos carrascos tumbados por la maresía, con posibilidades de encontrar todo tipo de restos marinos dejados por las olas durante la noche en una playa casi siempre desierta que me devolvería a casa tras un par de horas cuando, poco a poco, todo y todos empezaran a despertar.


El día ya apuntaba caliente, sin embargo enseguida el cuerpo se acostumbró a la temperatura y a un ritmo rápido, y en un minuto decidió que estaba a gusto.


Durante el invierno este recorrido es una verdadera delicia. En la ocasión que describo, pleno verano, con sólo llegar al paseo marítimo me di cuenta de que ahora, en julio, ya a esas temprana horas formaba parte de una cola de siete u ocho personas que, a cierta distancia unas de otras, habían tenido la misma idea que yo.


La sensación de masificación en ese momento que pretendía íntimo casi me hizo desistir y dar la vuelta para cambiar el paseo por un libro y un café en el porche mientras despertara el resto de la casa.


Sin embargo decidí seguir un trecho más.


Al cabo de unos minutos volvió a ocurrir lo de siempre: Lluis Llach en los auriculares, la luz clareando la raya del horizonte por levante, una cierta sensación de euforia y libertad y ... de repente el vuelo al país del "sé tú mismo".


No será tarea fácil describir la actividad frenética del pensamiento tras ese momento.


A trozos, como recortados de distintos libros, entremezclados unos pasajes con otros, viví momentos estelares sobre un escenario cantando "Un núvol blanc" ante un auditorio de miles de personas absolutamente entregadas, siendo además guitarrista, saxofonista o virtuoso pianista según el solo de turno mientras avanzaba el tema en mis auriculares.


Instantes después me encontré ensayando el soponcio que haría caer la semana siguiente sobre el cliente a quien nunca nadie ha tosido que piensa que más que cliente es amo. 


Cuando fui llegando a las salinas mi pensamiento estaba centrado en la solución a una crisis internacional, en el descubrimiento de una impresionante tumba egipcia, en un viaje por malasia, en un regalo para mi hijo, en un puñetazo en la mesa de mi partido político, en una solución para un niño con moscas en los ojos, en el argumento de una novela de aventuras, en la feria que querría para mi pueblo, en un beso de María en un carrusel tras un viaje intergaláctico, en el desmantelamiento de una mierda sobre mi castillo, en dos palabras a un alcalde que no se encuentra a si mismo, en una sentencia de cárcel para quien roba a un ciudadano honrado, en la maldición que hace sufrir para el cura pederasta, en el trabajo ideal para un hermano, en un futuro para dos niñas-muñecas, en una vida digna para los dignos de ella, en la expropiación a los usureros, en los discursos que por fin ven la luz, en la resurrección de los amigos, en los cuadros por pintar, en las líneas por escribir, en los olores por oler, en los paisajes por ver, en los abrazos que sentir, en los aires por volar, en los gritos que gritar...


Cuando salí de las salinas llegué a la playa que me llevaría de vuelta.


El pulso acelerado. El corazón apretado. La sensación de estar muy vivo. La libertad en la garganta.


El yo mismo en la conciencia.


El los demás un escalón por encima.


Y es julio, la playa en otras épocas del año desierta que me devolvería al pueblo acogía a esa fila de personas que, igual que cuando salí, a cierta distancia unas de otras, habían tenido la misma idea que yo esa mañana.


Todos iban con auriculares,como yo, cada uno detrás de otro y con otro más por detrás, pero en ese momento pude notar nitidamente algo distinto que no fui capaz de observar a las seis de la mañana: Un pequeño universo giraba sobre cada una de sus cabezas.


Y aquellos pequeños universos me resultaban familiares a pesar de lo distintos que eran unos de otros.


Entonces volví la cabeza, alguien había empezado su paseo después de mí. Yo también había sido durante todo el trayecto uno más en la fila, pero la mirada de mi siguiente hacia un punto un palmo por encima de mi cabeza me hizo entender que pulso, corazón, vitalidad y libertad, yoes y túes, flotaban sobre mi al igual que lo hacían sobre el resto de la fila, conformando universos particulares.


La fila dejó de serla en ese momento, se disgregó. Uno a uno, unos detrás y otros delante pero uno a uno, con sus Llach, sus Asfaltos, sus Eagles o sus Bowies, hacíamos la ruta libres, independientes y, ya, plenos.


Cada uno con su propio universo, pero pintados con parecidos colores.


Y así, como un Castaneda que por fin ha entendido a Don Juan,  dejé de andar. Mirando al sol, que ya estaba encendido, dejé los aparatos en la arena y entré en el agua fresca de las ocho. Comprendí la estupidez de creerse más que los demás, por el simple hecho de conocer tus propios pensamientos y no los ajenos. La estupidez de no intuir que tras una mirada apática se esconde quizás el intento de pronunciar el sortilegio que resuelva los problemas de la humanidad, de la cura definitiva de heridas propias y extrañas. La estupidez de sentirse centro de un universo rodeado de comparsas sin vida propia. La estupidez de ningunear a los demás por la única razón de que no son tú.

En el agua encontré esta tabla. La utilizo para garabatear estas palabras. La dejo flotar de nuevo por si alguien quisiera leerla, y espero dar con ella ante las siguientes colas que encuentre.




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