PÁRRAFOS CONSENTIDOS 15. RELATOS DE AUTOBÚS

A veces los Juanes se van a las capitales, y los del pueblo los echamos de menos. A veces los Juanes reciben sorpresas, un atado de embutidos, una foto del colegio, la visita de un amigo, y otras veces la prueba de la huella dejada. A partir de aquí, mi homenaje a los Juanes que se van, ... pero se quedan.



El trayecto a primeras horas de la tarde no dejaba nada a la imaginación.


Con la cabeza apoyada sobre el cristal, Juan apenas podía discernir si la imagen de la fachada del edificio del Ministerio de Hacienda era real o era su mente la que le repetía la visión que día tras día, a esas horas abandonadas y bochornosas, se dibujaba ante su retina adormilada mientras regresaba de la facultad a la pensión en la que pasaría el resto de la tarde entre apuntes y vasos de café soluble.


El ambiente del autobús casi vacío y silencioso que le había recogido unas paradas más atrás colaboraba a la sensación de languidez que indefectiblemente le sumía en su universo privado.


Su mirada adelantada al recorrido distinguió la dos figuras que esperaban en la siguiente parada. La escena formaba parte de la rutina. Casi pudo advertir la sutil tensión repentina en los músculos de aquellas figuras al advertir la llegada del autobús que instantes más tarde los acogería con su antiguo sonido de válvula de olla exprés al abrir las puertas. El chófer, al que no recordaba haber escuchado más de un buenas tardes a pesar de los dos años de citas a hora fija, cobraría sus billetes reanudando la marcha mientras las figuras aún buscaban un lugar, entre los bamboleos del arranque, donde pasar la vida hasta llegar a su destino.


Desviando la mirada ligeramente del cristal de la ventana, Juan pudo ver como la primera de las figuras, una señora que a malas penas pudo subir el carro de la compra al autobús, se sentaba en el primer asiento libre que encontró cercano a la puerta soltando un sonoro bufido de alivio. Tras ella, el otro individuo rompía la monotonía del recorrido solicitando del conductor confirmación de que la ruta le llevaría cerca de una dirección que leyó de un papel sacado apresuradamente de su americana, mientras sus piernas hacían equilibrios para mantener el cuerpo erguido ante los vaivenes del conjunto autobús/pasajeros, ya autónomo del mundo firme.


- Yo le avisaré- anunció la voz surgida bajo las gafas de sol.


La mirada de Juan otra vez traspasando el cristal, y de repente una presencia cercana.


Junto a él, de pié agarrado a la barra, su maletín asido con la mano libre, el recién llegado había decidido esperar el aviso del conductor en estado de alerta, no fuera a hacérsele tarde para bajar cuando éste llegara.


La mirada del nuevo pasajero posada en algún objeto de los que se reparten por la parte alta de la cabina de los autobuses: quizás algún martillo de rotura de lunas o un botón de alarma. Su aspecto general agradable, sin evidencias de narcisismo ni de dejadez, las uñas de la mano que agarraba el asa de su equipaje pulcramente recortadas, el atuendo sugiriendo una elección al azar pero con el estilo personal de quien debe conjugar comodidad con cierta elegancia innata, ajena a protocolos. Su edad aparente, veinticinco años más que Juan. Si acaso el gesto algo cansado y quizás esa vocación advertible de cierta transparencia que acompaña a la gente sencilla, a las personas francas: a los hombres normales.


Posiblemente fue ese aspecto de normalidad sincera el que llamó la atención de Juan en aquella presencia que por unos instantes había roto la monotonía del trayecto.


De repente un impulso lo levantó del asiento y su mochila, antes en paradero desconocido, apareció agarrada de la mano. Buena parte del autobús estaba vacío, pero a pesar de eso su ofrecimiento surgió sin que él tomara parte en la decisión:


- Por favor, siéntese aquí.


El pasajero lo miró con gesto entre divertido y sorprendido.


- Gracias, no es necesario. Voy bien de pié pero, de verdad, gracias otra vez.


Juan permaneció callado señalando aún con la mano el asiento vacío, su asiento de los dos últimos años. Ni una palabra más.


El extraño pareció recapacitar. Su mirada se dirigió directamente a la de Juan:


- Pensándolo bien, ...voy a aceptar tu ofrecimiento.


Se sentó y por primera vez la mano aflojó el asa de la pequeña maleta.


Miró por el cristal que momentos antes era almohada y ventana de su inesperado benefactor, y volviendo la vista hacia Juan, que ahora ocupaba su espacio anterior, le confesó:


- Amigo, hasta este preciso instante he pasado la vida ofreciendo mi asiento a otras personas, nunca al revés... Gracias.


Mientras la mirada del pasajero volvía a la calle traspasando la luna del autobús, Juan pudo sentir como en el cuello repentinamente tenso de su desconocido protegido se agolpaban por momentos sentimientos casi visibles que congestionaban el gesto. Al mismo tiempo comprobó en el reflejo del cristal que sus ojos se tornaban del color rojo de la melancolía. Quizás el de la tristeza de la despedida, la que viene cuando las buenas experiencias pasan a la categoría de buenos recuerdos.


El hombre también sintió el enrojecimiento de los ojos. Rojo melancolía... Rojo tristeza... Quizás el rojo como color de la fase de su vida en la que de golpe se había visto inmerso... Si, por primera vez, sus ojos habían adoptado el color que acompaña a la certeza de haberse hecho mayor, de ser merecedor de la bondad y del asiento del chico que ahora le  miraba con gesto preocupado.

Al mismo tiempo Juan fue testigo mudo de como las mejillas del hombre se arrugaban, de sus pulmones surgía el aliento convulso que su boca cerrada desviaba a la nariz y explotaba en un gemido nacido muerto. Y finalmente de  la lágrima indiscreta que rápidamente una mano, la que antes sujetaba la maleta, escondió para siempre.

Juan comprendió en ese momento que había hecho mayor a alguien, catalizando el trance, y sin necesidad de mayor aprendizaje supo que las fases de una vida pasaban por el momento en que se ceden los asientos y por otro en que, por fin, se aceptan. Y su impulso lo había situado también al él entre ambas fases, camino de la segunda, a la que acababa de empujar al desconocido pasajero.

La voz del conductor anunció la calle escrita en el papel.

El hombre se levantó, la maleta en la mano, mirando a Juan le regaló otro "gracias", profundo esta vez después de a saber qué vueltas y miradas a la vida en su mente durante el trayecto.

El autobús soltó su chasquido de olla exprés al abrir de nuevo sus puertas. Todo silencio después, Juan vio bajar a la persona.

La espalda, erguida al subir, ligeramente arqueada esta vez. Para siempre de aquí en adelante, supo Juan.



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Comentarios

  1. Precioso, Antonio Luis.
    Seguramente la evidencia de haber rozado estas circunstancias, me lleva a comprender y compartir tu reflexión.
    Sigue escribiendo. Un fuerte abrazo.
    Aure

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  2. A veces me pregunto para qué, pero saber que alguien como tú está al otro lado de estos cables dedicando una parte de su tiempo a estos escritos me hace sentirme un poco culpable de arrogancia pero a la vez muy satisfecho. Gracias por tu comentario Aure.

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  3. Aun conservo aquel escrito que un día de hace ya algunos años diste a leer al padre de uno de tus Juanes, esperando la opinión de quien sabías ser un habido lector sensible a ciertas arritmias del corazón. Entre el bullicio de un Mirrín que apenas sabía de silencios,te oí decirle que aquello no era más que un ejercicio literario. Por supuesto esto no lo creí del todo cierto, como tampoco ahora lo creo.
    Bien sea por las noches de insomnio que te habrá dado la vida, los abismos inesperados que se te hayan cruzado en el camino u otras intensas emociones que sin buscarlas habrán dejado sin duda y para siempre su impronta en tu forma de sentir la vida, lo cierto es que se puede apreciar esta intensidad en este párrafo consentido.
    Es lo que mas me ha gustado de todo lo que has escrito y no porque no me haya emocionado lo suficiente como para anudarme la garganta, así que disculpa si en adelante y con la legitimidad que me da el ser tu amigo alguna vez me siente a tu lado sin que tu me lo pidas.

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  4. Gracias Carlos, es una verdadera suerte tenerte cerca.

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