PÁRRAFOS CONSENTIDOS 16. HISTORIA ENTRE DOS MUNDOS (UNA IDA Y UNA VUELTA)

Por sorpresa,  a Merche de Casa Matietas, quien no conociendo al destinatario un día se molestó en hacer un paquete, lo llenó de Magia y lo envió lejos. Posiblemente nunca sea consciente de la felicidad que generó su gesto. Espero que se le devuelva multiplicada.



En ocasiones, la raya entre el mundo real vivido y el mundo real fantástico es tan delgada que se vuelve permeable al paso de elementos de una parte a la otra.

Realmente en muchas ocasiones no soy capaz de distinguir  qué cosas y experiencias pertenecen a cada bando, posiblemente porque en la zona donde me muevo el trasiego es tan grande que lo real, aún no dejando de serlo, pide prestadas las vestimentas de lo ficticio, y lo mágico, mucho más acostumbrado a estos lances, se cuela entre lo coherente y, sin variar aparentemente su carácter formal, genera campos brillantes a su alrededor que en determinados momentos estallan en lluvias de estrellas multicolor ante el asombro de unos, generalmente con chaqueta y corbata, y la mirada ilusionada de otros, los que conocen los dos mundos.

La historia que me propongo contar es de la mismísima raya. He pedido prestada una carta que recibió un niño, que como todos los niños ha tenido trato con los seres mágicos, y que me ha permitido reproducirla aquí a cambio de un cuento en exclusiva y un beso de buenas noches.

En principio la historia no tiene nada fuera de lo normal. El niño, al que todavía no sé como llamar, encontró durante un viaje en una tienda de recuerdos (como se verá nunca estará mejor definida una tienda) al muñeco que desde entonces sería su compañero insustituible de viajes, siempre dentro de la mochilita roja que su amigo Carlos le había regalado, y también fue nombrado compañero diario de sueños, lo que es aún mayor cargo.

El muñeco era un caballo, casi blanco, el sitio donde lo consiguió: la montaña más bonita y mágica del mundo, así pues, desde el día que se conocieron el niño le dio al caballo en honor al lugar que hizo posible el encuentro el nombre de Ordesa; el caballo, por no sé qué extrañas razones, comenzó a llamar al niño Adrián, como nosotros.

Año tras año fueron conociendo juntos muchos lugares. Recorrieron castillos templarios, los arcos de un acueducto, ciudades amuralladas, palacios árabes, un oppidum celta, zoos de criaturas inimaginables, museos de lo fantástico y lo soñado, el corazón de las pirámides de Egipto, quedaron encerrados en la tumba de un gran faraón, quitaron el hielo de sus narices en lo alto de la torre que vigila París, bucearon entre enormes tiburones de mirada tierna, visitaron monasterios en cumbres perdidas... y entre viaje y viaje, Adrián y su compañero volvieron en varias ocasiones a la montaña mágica de donde procedía Ordesa.

De vuelta en casa otros dos caballos de colores naranja y negro acompañaban al blanco cuando Adrián andaba ocupado en sus cosas, y a veces, durante unos días, Ordesa desaparecía sin avisar. Casi siempre Adrián le permitía breves periodos de intimidad antes de rescatarlo de sus escondites más normales (normalmente bajo la cama, en un armario ropero o en una caja de juguetes de color verde). Pero un día Adrián pidió ayuda: Por el gesto angustiado del niño supimos que ésta no era una vez más. No le hizo falta buscar demasiado para saber que en esta ocasión  Ordesa se había ido. Solo. Quizás lejos, muy lejos.

Sólo los que compartimos con él esa época podemos saber cuanto sufrimiento quedó ahogado en la almohada de la pequeña cama blanca. Todo era Ordesa. Abrir un cajón, leer un papel, buscar los zapatos en los lugares donde a veces lo encontraba... todo llevaba hacia él. La vida, a ratos se convertía en un puro recuerdo de su vida compartida. Se entenderá ahora lo bien definida que estaba la tienda donde lo encontró unos años antes, aunque ahora prefiero matizar: más que una tienda de  vender recuerdos era una tienda donde se generaban recuerdos, y pertenecía a esa zona entre los dos mundos donde del objeto menos pensado podrías ver salir en cualquier momento el resplandor de estrellas multicolor del que hablaba antes.

Pasó el tiempo y un día su abuelo, que vivía fuera del pueblo, quiso dar la sorpresa al niño de recogerlo del colegio. Adrián hacía el trayecto hasta la casa contento, contando apresurado las cosas del día  mientras saltaba alrededor de su padre y el mío. No sabía qué le esperaba minutos más tarde.

La tristeza del mundo real debió ser considerada improcedente para algún ser del otro lado, el caso es que al abrir el buzón de casa, mientras esperábamos el ascensor, algo inusual pasó:

-¡Qué sorpresa Adrián, hoy hay una carta para tí!

A partir de aquí callaré. La carta que Adrián leyó mientras subíamos a casa era la siguiente:


       
                                       Donde se fabrican los sueños, noviembre de 2010


¡¡¡Seguro que no se puede tener mejor suerte!!!

Viajar a países de ensueño en la mochila de un gran amigo.

Subir con él a la más famosa de las torres.

Descansar por las noches a diario junto a la persona que más quieres.

Y cuando por sus quehaceres no puedes estar con él, otros amigos pasan el tiempo contigo esperando su vuelta…

Pero a veces la razón se nubla y la nostalgia te hace ansiar los hermosos paisajes en los que naciste

                      y en silencio, sin avisar, te vas.

Y descubres que esos paisajes siguen ahí, como tú los recordabas, hermosos, grandiosos, insuperables…

                       la nieve limpia tu pelo, y el sol lo aclara

pero los recuerdos aparecen, la tristeza regresa al pensar en tu amigo.

                        Y entonces vuelves.

Trotas, galopas, vuelves a trotar. La distancia es larga pero las ganas son tantas que el cansancio no pesa.

¡Y galopas, trotas y vuelves a galopar, … y ya has llegado!

Cansado pero limpio, sano, contento de tu viaje y de tu aventura y feliz por estar de nuevo en casa.

Tu aspecto resplandeciente, limpio de pura montaña, dejará sin palabras a tu amigo. Él habrá crecido. Tú también necesitaras tiempo para saber que sigue siendo el de siempre.

Pronto serás tú quien lo lleve a él una vez más a tus paisajes, Ordesa.

Ahora lo esperarás, soñando valles, mochilas y abrazos.


Descansa tranquilo, de vuelta.  Tu amigo te encontrará.



Adrián levantó los enrojecidos ojos desesperado hacia su abuelo y hacia mi después de leer dos veces el escrito impreso sobre un folio de inquietante color azul.

-¿Pasa algo?, ¿Estás bien?

Por toda respuesta, visiblemente nervioso, sólo pudo gritar:

-¡Está aquí!, ¡Ordesa está aquí, ha vuelto!

Corrió por el pasillo hasta su dormitorio, miró debajo de su cama, en el armario ropero y por último en la caja de juguetes verde. Nada. Su mirada nos hablaba de la imposibilidad de que sus esperanzas fueran falsas. Respiró. De repente saltó: la pequeña mochila roja colgada del cabecero de la cama desprendía inapreciables fulgores visibles para él.

Abrió la cremallera y la cabeza del pequeño caballo blanco, con sus crines relucientemente limpias, pareció avalanzarse sobre Adrián, quien en un segundo ya lo abrazaba como nunca antes vi abrazar a nada ni nadie.

Juntos cayeron en la cama. De los ojos apretados del niño escapó una lágrima y su boca cerrada emitió un breve gemido de felicidad. Poco a poco, entre palabras susurradas que no conseguimos entender ni supimos de quién de los dos procedían, quedaron dormidos, y sus frentes distendidas dejaron ver sueños viajeros, y fuimos testigos de eternas alianzas entre los dos mundos.










Comentarios

  1. Da gusto leerte Antonio, una historia preciosa, y conociendo a inseparable de Ordesa, se que fue tal cual lo cuentas, un beso.

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    1. Gracias Lola, la verdad es que conoces muy bien a Adrián y sabes que es una fuente inagotable de historias, pero la verdad es que todos los amigos juntos, con Virginia, Lem Lem, Ricardo, Jorge, Serena, etc. hacen que los siete secretos o el club de los cinco se queden en simples aficionados.

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  2. Gracias Dori e Isa por vuestros comentarios y sobre todo por el tiempo que habéis dedicado. Por alguna extraña razón han desaparecido del blog los primeros comentarios de esta entrada, no sé, igual es que se han ido a alguna montaña y luego piensan volver como hizo el caballo de Adrián. Mil besos.

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