PÁRRAFOS CONSENTIDOS 17. LOS LEONES ANTIGUOS (DIVERTIMENTO PARA UN REGALO)

Hace algún tiempo, paseando con María y Adrián por un mercadillo de antigüedades,  de sobre una de las mesas un par de figuras gemelas llamaron mi atención. En principio interpretadas como dos extraños leones,  a saber que arcanas criaturas realmente, pequeñas, pesadas y extrañamente tibias a pesar del frío metal que las encarnaba, generaron en mi la necesidad urgente de hacer un regalo.

No recuerdo más, ni del vendedor ni del trato, aunque sí que minutos más tarde continuaba mi paseo con María, Adrián, dos leones y un regalo.

El destinatario, un hombre grande, un amigo inmenso: Carlos Peregrín; el regalo: una historia escrita apresuradamente para no olvidar ni un detalle de la que en segundos surgió mientras contemplaba esas figuras, una de las cuales ahora custodia él.

Me ha dado permiso para que ahora forme parte de estos párrafos consentidos, un poquito de color y sabores de aventura nunca vienen mal... y hoy me apetece mucho.



"LOS LEONES ANTIGUOS"


Océano Índico, a la vista  de las Islas Chagos,
Veintitrés de Marzo de 1698


Continúa nuestra indescriptible derrota al oeste a bordo del Santa Ana que nos llevará, tras una escala prevista en Islas Reunión que intentaré por todos los medios abortar, al Cabo de Buena Esperanza, desde donde espero que se desvanezcan los temores de no poder volver nunca al hogar donde me esperan desde hace más de tres años, cuando partí con misión Real de conseguir para Nuestro Señor el Rey Carlos los objetos que deberán conjurar el hechizo que le acosa.

         Dos semanas hace desde nuestra partida  desde el pequeño puerto birmano de Tavoy, adonde conseguí llegar a tiempo de embarcar en la Santa Ana, atracada dos meses en las aguas del estrecho golfo que protege el puerto y ya a punto de zarpar, perdidas las esperanzas de su tripulación de verme regresar.

         Mis fuerzas extintas por las heridas de los cortantes proyectiles de las hondas esgrimidas por los guardianes del santuario de Ye-U en Siam, desde donde empieza el relato de mi regreso tras conseguir los sagrados leones para mi rey Carlos el Hechizado, estaban a punto de hacerme caer, y casi preferí abandonarme al destino que sin duda me esperaba en aquel lugar incierto cercano a la frontera entre Siam y Birmania cuando la arboladura del navío apareció en mi campo visual con el pabellón real dispuesto y las velas desplegadas, prestas para la vuelta a España con un fracaso en las bodegas.

         No queda rastro en mi memoria de lo acaecido desde aquella visión de los mástiles hasta mi despertar agonizante en el camarote, no hace más de tres días. Los cuidados del médico de a bordo no habían conseguido cerrar mis extrañas heridas, y su rostro sobre el mío en el momento de abrir los ojos no dejaba dudas sobre sus esperanzas de mantenerme con vida un día más.

         Un momento de lucidez me hizo recordar con urgencia el motivo de mi lamentable estado: Los sagrados objetos que estaban a punto de  costarme la vida. El pánico debió asomar a mis ojos, la voz no respondía a mis intentos por hablar, pero un momento más tarde el médico me mostró lo que ansiaba: El paquete que sujeto a mi cuerpo transporté desde el santo lugar de Ye-U a través de las selvas de Siam.

         Salvo la sangre que manchaba el envoltorio, todo parecía estar en su sitio. Dos figuras gemelas dormían en las antiguas cajas de madera que desde tiempos inmemoriales las cobijaban.  Las mismas que el Hechizado necesitaba.

         Sin pensar, con las fuerzas prestadas por la divinidad en los últimos momentos de una vida, abrí una de aquellas cajas. Dentro de ella un león flamígero dibujado de espirales enroscaba su cola sobre la espalda, antiguo arcano que la leyenda hizo ansiar al rey Carlos II. El frío del antiguo bronce dolió en mi maltrecha piel.

         La segunda de las cajas contenía la figura gemela a la anterior. Mi mano aferró el frío metal que sin duda me iba a costar la vida. Con un león en cada mano mis ojos se cerraron preparados para lo inevitable. Aquí empezó lo más inexplicable de nuestro viaje.

         Ante los ojos del estupefacto médico mis heridas abiertas comenzaron a cerrarse, un leve resplandor violáceo envolvió mi cuerpo que, reposado, levitó ligeramente sobre el jergón del camarote.
        
         Al mismo tiempo una sacudida en el barco provocó mi reacción, y de forma instantánea me incorporé pleno de salud.

         No había tiempo que perder. Nuestro Señor Carlos necesitaba las sagradas figuras. Los leones gemelos no eran una leyenda. Existían y su poder parecía ilimitado.

         Desde entonces los leones permanecen juntos en una de las cajas. El viento sopla de popa inflando trapo como si conociera nuestro destino. No existe la noche. Un resplandor violeta procedente de las nubes ilumina media legua a la proa de la Santa Ana. No hay tiempo que perder. El capitán deberá entender que las escalas previstas para abastecimiento no deberán realizarse hasta que la necesidad sea imperiosa. Hay que llegar a España antes de que sea demasiado tarde.

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Lorca, dieciocho de Diciembre de dos mil diez

Dice una antigua leyenda que el rey Carlos II el Hechizado hizo traer de un legendario templo de Tailandia, la antigua Siam, las figuras gemelas de dos leones con un inmenso poder que podrían poner fin a sus crisis epilépticas, entonces asechanzas diabólicas.

Se tiene constancia de que dichas figuras llegaron al puerto de Cádiz en el navío Santa Ana, y desde allí por tierra tomaron rumbo a la Corte.  Nunca llegaron.

         Después de una larga travesía juntas, las figuras fueron reintegradas a sus cajas para ser así presentadas a Su Majestad. Las condiciones que permitieron una travesía feliz hasta España acabaron en el preciso instante en que los leones fueron separados.

         Nunca más se supo de ellos, pero esa misma leyenda explica que los leones de algún modo se integran con la persona que las posee, y que si una vez llegan a coincidir sus depositarios, la fuerza que surge de los gemelos unidos se  desatará, y nada habrá que pueda dañarlos.

         Pero las leyendas son leyendas…


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Comentarios

  1. No recuerdo con exactitud el año que me hicisteis este inolvidable regalo, aunque sí el motivo y el lugar en que lo recibí. Desde entonces confieso no haber leído esta imaginativa historia sin la cual este regalo ahora lo consideraría sin sentido.Lo que si recuerdo como ahora tras su relectura, es el grato sabor de boca que me dejó, así como el asombro al descubrir que este texto no te había sido vendido junto a las figuras de bronce. Por el contrario fuiste tu el que le dio forma y vida. Desde entonces esta figura vela mis sueños sobre una leja a la cabecera de mi cama, y es raro el día en que mi mano no acaricia sus formas cuando extendiendo mi brazo en la oscuridad de la habitación busco apagar el despertador que me anuncia un nuevo día.

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  2. Gracias Carlos. El propio texto indica la fecha en la última parte: 18/12/2010. Por favor ten cuidado por las mañanas no vaya a caerte encima la figura cuando busques el despertador, que pesa lo suyo...

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