En memoria del mejor
compañero de vida y montañas, Paco Rubio.
Aún no amanecía cuando llegaban a la Ciudad de Piedra. Ni
una palabra entre ellos. Con objetivos distintos habían partido desde el
refugio de Góriz en una ascensión sin prisas. Sin hora de salida prevista,
cuando hacía algo más de una hora Alberto decidió salir de la tienda instalada junto
al refugio para empezar a andar, Paco ya estaba listo para partir.
Sin noción del tiempo que llevaban subiendo, no importaba el
dato, sin palabras, sin miradas, avanzaban la pendiente inmersos en sus
particulares universos. Ni la luz del frontal de Alberto era necesaria; sabían
donde pisar cada paso que daban.
¡Cuántos viajes planificando este ascenso a su primer tres
mil! Durante más de veinte años anduvieron juntos los rincones del valle de
Ordesa y siempre dejaron este objetivo aparte de forma que nunca les faltara un
motivo para volver al lugar donde eran realmente personas. Personas libres.
Personas pequeñas ante la inmensidad de la mole de piedra. Personas grandes
ante la mirada del compañero de andares y andanzas.
Pequeño Lago Helado. La luz del amanecer recortaba la oscura
silueta del Perdido. Alberto dejó su mochila y sentado enfrentado al ya casi
visible corredor de La Escupidera dirigió su mirada a la cumbre a la que desde
antes de empezar a andar ya había renunciado. No habría tresmiles para él; ya
no sabía para qué. Una cálida sensación en su frente deshizo las tinieblas de
sus pensamientos y sus ojos se fijaron en la sombra del montañero madrugador
que sin haber dejado notar antes su presencia subía con paso lento La Escupidera.
Pequeño Lago Helado. De espaldas a la cima, Paco miraba a Alberto sentado en la roca. De fondo la oscuridad más negra que la
noche de la mole del Cilindro. Su corazón se encogió al descubrir las lágrimas
resbalando por el rostro de quien durante tantos años compartió caminos y risas
con él. Despacio, dejó un beso en su frente y comenzó a andar. La cima estaba
cerca. Sería su primer tres mil y su definitiva morada. Desde allí podría
seguir los pasos de Alberto cada vez que viniera a buscar refugio en los
recuerdos.
Antonio Luis Páez
Septiembre 2014

Este relato tiene alguna clave que facilitará su comprensión. Realmente está realizado para que al final del relato, cuando advierte de que la cumbre de Monte Perdido será la morada definitiva de Paco, el lector vuelva de nuevo al principio y esta vez realizará una lectura totalmente distinta.
ResponderEliminarAhora, cuando el lector ya sabe que Paco no está físicamente en el lugar, tendrán sentido muchos aspectos que antes pasaran desapercibidos y sin sentido, por ejemplo que no hayan palabras entre Paco y ALberto, que los objetivos de la ascensión fueran distintos, que sólo uno de ellos llevara una linterna frontal... y quedará evidenciado el motivo por el que ALberto sentirá una cálida sensación en su frente y que la sombra del montañero que sube por la escupidera hacia la cima, Paco, hubiera pasado desapercibido.
He creído importante exponerlo porque después de pedir opiniones he visto que no es fácil de entender si no lo ha parido uno mismo.