PÁRRAFOS CONSENTIDOS 22. UNA FOTO DESDE DENTRO.

Una noche, esperando a Adrián despierto, los dedos no pueden quedarse quietos mientras recuerdo el momento de la fotografía que está frente a mi. No conozco otra imagen con tanta fuerza, con tanto de todo. Dos personas especialmente especiales que pocas veces han expresado tanto sin hablar. La banda sonora se limita a un clic.




 

Recuerdo este momento como si la foto la hubiera hecho ayer mismo.

Aínsa, en la plaza. Un buen grupo; un montón de gente. Se puso a llover, cada vez más, y en el momento de esta foto la lluvia era muy muy apretada; casi sólida.

Maravillosamente refugiados en los soportales nos acomodamos al tiempo y decidimos que si había que quedarse allí era porque el tiempo pensaba que ya era la hora del aperitivo, y quiénes éramos nosotros para hacerle la contra al tiempo.

Las repetidas entradas al bar fueron tantas que cuando la foto ya éramos familia de los camareros.

Al mirar la expresión de Paco casi me olvido de que detrás de él había una mesa de zagales que sabían de todo menos del recogimiento que luego les propiciará la lluvia; ya crecerán.

En ese momento Paco está con él, profundamente con y contra él, mira la cortina de agua. Solo mira cómo llueve. Quiere pensar, pero no quiere. Un microsegundo antes está feliz, y en paz, pero su mente se empeña en pensar… En ese jodido momento Paco está jodido.

Le gusta la vida. Le gusta la puta vida…. Puta, puta vida.
Le gusta la lluvia. Es bálsamo, es lluvia. Pero ahí no la está viendo. Ya no.

Paco, en su soledad, está acompañado. Acompañado por un montón de gente, pero esos en el momento de la foto no existen.

María está al lado de Paco. Ella sí está. Como siempre. Él lo sabe.

Ella ni siquiera a la lluvia mira. Mira más allá. No quiere ni pensar en lo que mira. No puede.

María, hace un segundo también feliz, también en paz, conjura las nubes negras llevando su mano hasta la frente. Ella conseguirá un minuto más tarde borrar el gesto de Paco y dibujarle una sonrisa; al fotógrafo también. Pero entonces, en el momento de la fotografía, no existen las sonrisas. Existen los gestos. Maduros, resignados, malditos, jodidos gestos de la jodida maldita y resignada madurez.

El clic de la cámara hace eterno un instante.

Bendito clic. Es lo que queda.

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