Una noche, esperando a Adrián despierto, los dedos no pueden quedarse quietos mientras recuerdo el momento de la fotografía que está frente a mi. No conozco otra imagen con tanta fuerza, con tanto de todo. Dos personas especialmente especiales que pocas veces han expresado tanto sin hablar. La banda sonora se limita a un clic.
Recuerdo este momento como si la foto la hubiera hecho ayer
mismo.
Aínsa, en la plaza. Un buen grupo; un montón de gente. Se
puso a llover, cada vez más, y en el momento de esta foto la lluvia era muy muy
apretada; casi sólida.
Maravillosamente refugiados en los soportales nos acomodamos
al tiempo y decidimos que si había que quedarse allí era porque el tiempo
pensaba que ya era la hora del aperitivo, y quiénes éramos nosotros para
hacerle la contra al tiempo.
Las repetidas entradas al bar fueron tantas que cuando la
foto ya éramos familia de los camareros.
Al mirar la expresión de Paco casi me olvido de que
detrás de él había una mesa de zagales que sabían de todo menos del
recogimiento que luego les propiciará la lluvia; ya crecerán.
En ese momento Paco está con él, profundamente con y contra él, mira la cortina de agua. Solo
mira cómo llueve. Quiere pensar, pero no quiere. Un microsegundo antes está
feliz, y en paz, pero su mente se empeña en pensar… En ese jodido momento Paco
está jodido.
Le gusta la vida. Le gusta la puta vida…. Puta, puta vida.
Le gusta la lluvia. Es bálsamo, es lluvia. Pero ahí no la está viendo. Ya no.
Paco, en su soledad, está acompañado. Acompañado por un
montón de gente, pero esos en el momento de la foto no existen.
María está al lado de Paco. Ella sí está. Como siempre. Él
lo sabe.
Ella ni siquiera a la lluvia mira. Mira más allá. No quiere
ni pensar en lo que mira. No puede.
María, hace un segundo también feliz, también en paz,
conjura las nubes negras llevando su mano hasta la frente. Ella conseguirá un
minuto más tarde borrar el gesto de Paco y dibujarle una sonrisa; al fotógrafo
también. Pero entonces, en el momento de la fotografía, no existen las
sonrisas. Existen los gestos. Maduros, resignados, malditos, jodidos gestos de
la jodida maldita y resignada madurez.
El clic de la cámara hace eterno un instante.
Bendito clic. Es lo que queda.

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